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Náusea de Amor

Voces Prestadas

Fingiendo

Fingiendo

"A cierta edad, un poco por amor propio, otro poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear"

Marcel Proust 

 

El gran Voltaire

El gran Voltaire

"Hay que saber que no existe país sobre la tierra donde el amor no haya convertido a los amantes en poetas."

"Una de las supersticiones del ser humano es creer que la virginidad es una virtud"

"La civilización no suprimió la barbarie; la perfeccionó e hizo más cruel y bárbara."

 

François Marie Arouet (Voltaire)

 

Borges y Yo

Borges y Yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página

 

Jorge Luis Borges, El hacedor, Buenos Aires: Emecé, 1960

Desnúdate a la Luz

Desnúdate a la Luz

 Desnúdate a la luz, tan lentamente,
que mi deseo intente espolearte,
y al semidescubrirme cada parte
deba frenar el ímpetu impaciente.

 Es cada pliegue un diablo irreverente
que descubre y encubre, sin mostrarte
en tu explendor total, y he de gozarte
en pausado proceso intermitente.

 Mis ojos se han de transformar en mano
que compelida de fervor pagano
te arrancará la blusa de un tirón.

 Y en reciprocidad anudaremos,
nuestras extremidades, y caeremos
de los retozos en la convulsión.

Honoré Balzac

Felices Fiestas

Felices Fiestas

Este es mi primer post, así que aprovecho para felicitar la Navidad que hoy dejamos atrás, con un texto de Sartre que me ha enviado una persona especial en mi vida.


«La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que yo habría querido pintar sobre su cara es una maravillosa ansiedad que nada más ha aparecido una vez sobre una figura humana.


Porque Cristo es su niño, la carne y el fruto de sus entrañas. Ella le ha llevado nueve meses, y le dará el pecho, y su leche se convertirá en sangre de Dios. Y por un momento la tentación es tan fuerte que se olvida de que él es Dios. Le aprieta entre sus brazos y le dice: «Mi pequeño» . Pero en otros momentos se corta y piensa: «Dios está ahí», y ella es presa de un religioso temor ante ese Dios mudo, ante ese niño aterrador. Porque todas las madres se sienten a ratos detenidas ante ese trozo rebelde de su carne que es su hijo, y se sienten desterradas ante esa nueva vida que se ha hecho con su vida y que tiene pensamientos extraños. Pero ningún niño ha sido más cruel y rápidamente arrancado a su madre que éste, porque es Dios y sobrepasa con creces lo que ella pueda imaginar.


Pero yo pienso que hay también otros momentos, rápidos y escurridizos, en los que ella siente a la vez que Cristo es su hijo, su pequeño, y que es Dios. Ella le mira y piensa: «Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Ha sido hecho por mí; tiene mis ojos y el trazo de su boca es como el de la mía; se me parece. ¡Es Dios y se me parece!» Y a ninguna mujer le ha cabido la suerte de tener a su Dios para ella sola; un Dios tan pequeño que se le puede tomar en brazos y cubrir de besos, un Dios tan cálido que sonríe y respira, un Dios que se puede tocar y que ríe. Y es en uno de esos momentos cuando yo pintaría a María si supiera pintar ... »

Fragmento de Bar Jonah, pieza escénica que Jean Paul Sartre escribió en su cautiverio de Stalag (1940-41) para sus compañeros creyentes.